ESCRITOR COSTARRICENSE

Poseo los derechos de autor de todos los textos, canciones y sus letras, y de mis ilustraciones.
Cynthia Caraccioli posee los derechos sobre todas sus ilustraciones.
Sofía Vargas Rubio posee los derechos sobre todas sus ilustraciones.
Diego Zúñiga posee los derechos sobre todas sus ilustraciones.

Selene


            Galileo Galilei está de pie sobre el promontorio Archerusia. En su mano derecha, un rudimentario catalejo. Con la izquierda acaricia el cabello de Virginia, que abraza la pierna de su padre con silenciosa placidez, mientras sostiene un pequeño crucifijo. El Mar de la Serenidad, que no tiene idea de lo que su nombre significa, descarga sus aguas estridentes contra el muro negruzco del promontorio, y desde allí se levanta una brisa traviesa que, dando volteretas, se encarama por las rocas hasta salpicar las barbas del hombre. La niña cierra los ojos, cree que tiene miedo, no se da cuenta de que, aún con los dientes apretados, sonríe.
            -Un día de estos me voy a quedar ciego –dice Galileo Galilei pero, como lo dijo sin pensarlo, un minuto después no recuerda haberlo dicho. Piensa en muchas otras cosas. Piensa en el catalejo que serenamente levanta hasta ubicarlo a la altura de su ojo, para entonces mirar la Tierra que permanece tercamente clavada en el firmamento, permitiendo que las pálidas estrellas se deslicen a sus espaldas. Piensa también en la vieja ermita abandonada, medio hundida en las arenas del promontorio. Y piensa, por qué no, en los jóvenes amantes.
            Los jóvenes amantes han descubierto entre los muros derruidos de la ermita el perfecto escenario para sus bellas fechorías. El vestido de la muchacha se ha abierto de cuajo, y el mancebo, temblando como las cuerdas tensas de un violín, se deja envolver por esa piel que se parece a un racimo de niebla que palpita al son de un corazón enloquecido; niebla provista de dos pezones incandescentes, dos brazos que más parecen antorchas encendidas, y un vientre que hierve como una hoguera en medio de dos piernas que lo aprisionan con apacible brusquedad. El blanquecino manantial se despeña contra la oscura y preciosa caverna.
            Galileo Galilei entra en la ermita, en silencio para no interrumpir los negocios de los jóvenes amantes. Virginia quiso permanecer fuera, se ha puesto en cuclillas, y ahora abraza su pequeño crucifijo como quien, por arte de magia, ha conseguido aprisionar entre sus dedos la sonrisa de una mariposa. Galileo Galilei se dirige hacia Giordano Bruno, que arde en la hoguera. Giordano Bruno mira complacido a los jóvenes amantes.
            -No es solo el amor –comenta Giordano Bruno-. En medio de ellos veo también la mirada de las estrellas, y la hierba que a las estrellas cubre, y las huellas que sobre la hierba descansan, y la brisa que se echa al hombro a las huellas, y el atardecer que se traga la brisa…
            -¿Y tú? –pregunta Galileo Galilei-. ¿Qué haces allí encaramado, ardiendo de esa manera?
            -Que si el madero no arde, madero se queda… ¿Qué sería del Sol, y de los planetas que lo cortejan, si no ardiera él como ardo yo?





No hay comentarios:

Publicar un comentario