ESCRITOR COSTARRICENSE

Poseo los derechos de autor de todos los textos, canciones y sus letras, y de mis ilustraciones.
Cynthia Caraccioli posee los derechos sobre todas sus ilustraciones.
Sofía Vargas Rubio posee los derechos sobre todas sus ilustraciones.
Diego Zúñiga posee los derechos sobre todas sus ilustraciones.

La niebla y Agustín


            Antes de quitarse la vida, Agustín decidió darse un último gusto. Desató la cuerda que mantenía a su bote amarrado al viejo muelle, y comenzó a remar lago adentro.
            La niebla no tardó en apretujarse sobre las aguas tranquilas. Esto era lo que más le gustaba a Agustín: el remar a la deriva, sin poder distinguir nada más allá de la proa del bote, acompañado apenas por la queja inútil del agua al saberse cortada por el violento filo de los remos.
            Sin embargo, aquella tarde la niebla resultó ser demasiado espesa. Llegó un momento en que Agustín ni siquiera sabía si había ya anochecido, y no hallaba forma de regresar al muelle, o a cualquiera de las orillas del lago. Por más que remara hacia una dirección o hacia la otra, no conseguía hallar más que agua. El frío se le pegó a los brazos, y el miedo se le asomó por la garganta.
            La niebla no se marchó nunca. Agustín bebía de las aguas del lago, y se alimentaba con algunos peces que conseguía atrapar con sus manos ágiles, o con los pajarillos que atajaba en el aire cuando volaban a ras del agua.
            Un día, Agustín distinguió un resplandor en medio de la niebla. Trató de alcanzarlo, pero éste se escondía para aparecer más tarde en alguna otra dirección. Cuando por fin consiguió acercarse, Agustín distinguió una lámpara encendida. Un hombre alto, vestido de negro y con piel pálida y seca, cargaba esa lámpara. El hombre caminaba tranquilamente sobre las aguas, sin prisa y deteniéndose a menudo para agacharse y tomar con los dedos alguna gota de agua; la alzaba, la miraba con curiosidad, y la volvía a depositar cuidadosamente sobre las aguas.
            Agustín remó hacia el hombre. Al principio, el hombre no pareció darle importancia. Agustín lo llamó. El hombre se volteó y se quedó quieto, mirándolo. Los haces de luz de la lámpara salpicaban su rostro, de facciones duras, silenciosas.
            -Me temo que me he perdido –dijo Agustín-. La niebla ha decidido quedarse para siempre en este lago, y no tengo manera de hallar el camino hacia el muelle.
            -Teme usted bien –replicó el hombre, con voz elegante y pausada.
            -Usted podría ayudarme...
            -Me pregunto de qué manera.
            -Usted tiene una lámpara. Con esa lámpara, podríamos hallar el camino hacia el muelle.
            -No hay camino hacia el muelle. Los caminos son para los campos. En el agua, no hay caminos. Los caminos se hunden en el agua, apenas uno los camina. No necesitan hacerse visibles, les basta con ser caminados.
            -Entiendo lo que usted dice... Pero, de todas maneras, la lámpara nos puede ayudar. Si bien no hay caminos, con su luz podríamos distinguir el muelle, o alguna de las orillas, desde lejos.
            -Tampoco tiene mucho sentido. Lo mismo que los caminos en el agua, la luz se hunde en la niebla. Fíjese usted –y el hombre levantó la lámpara muy en alto. Los haces de luz se derramaron hacia todos lados, pero no tardaron en darse de bruces contra las paredes de niebla.
            -Entonces –insistió Agustín-, déjeme la lámpara a mí. De cualquier manera, ¿para qué la necesita usted?
            A modo de respuesta, el hombre se agachó y juntó con delicadeza una gota de agua. La mantuvo en alto, la observó detenidamente, y se agachó de nuevo para depositarla sobre las aguas.
            -Pero –Agustín comenzaba a hablar con cierta desesperación-, ¿para qué quiere usted ver cada gota de agua? ¡Todas son iguales! Con una que haya visto, ya las ha visto todas.
            -Para nada. Desde hace días que busco una gota que se me ha perdido.
            -¡Una gota que se le ha perdido!
            -Una gota pequeñita, quizá usted la haya visto. No es muy redonda, más bien tiende a desparramarse hacia un lado. Pero es muy apacible, y sabe derramarse con dulzura por las mejillas.
            -¡Por las mejillas! Entonces, usted habla de una lágrima, no de una gota.
            -Pues bien, lágrima o gota, para mí es lo mismo. A fin de cuentas, este lago no está hecho de otra cosa que de lágrimas.
            -¡Un lago de lágrimas! Eso es absurdo. Yo he bebido de las aguas de este lago, y son dulces. Las lágrimas, en cambio, están hechas de sal.
            -No. La sal está hecha de sal. Las lágrimas, están hechas de otras muchas cosas.
            -¿Y de qué cosas? ¿De tristeza, acaso?
            -A veces, de tristeza. A veces, de cariño. O de emoción, o hasta de risa. La lágrima que se me ha perdido, la ha derramado una muchacha de quince años.
            -¡Entonces, ni siquiera es suya esa lágrima! ¿Para qué la busca? Ayúdeme a mí a hallar el muelle, y ya otro día podrá pasearse la muchacha buscando su lágrima.
            -La muchacha no quiere encontrar su lágrima. Una vez que la hubo derramado, ya quiso olvidarse de ella.
            -No le encuentro sentido, entonces, a que usted ande como un loco buscándola. Si la muchacha no la quiere de vuelta, ¿para qué la quiere usted?
            -Para llorarla, naturalmente.
            -¡Llorarla...! Pero cada cual llora sus lágrimas. ¿Cómo iba uno a llorar las lágrimas de otros?
            -Yo no tengo lágrimas. Mis lágrimas se han secado, desde hace muchos años. Tengo carcajadas, y tengo algunos gruñidos.
            -Entonces, le bastará con llorar las lágrimas de cualquiera. Es más, yo mismo podría comprar su lámpara con algunas lágrimas mías.
            -Sus lágrimas no son tristes. Son de miedo. Y aún si fueran de tristeza, no valdrían para mí lo que vale la lágrima de una muchacha de quince años. Además, mi lámpara no está en venta.
            -¡Pero mi vida depende de esa lámpara!
            -También mi vida depende de esta lámpara.
            -Para nada. Usted puede caminar sobre las aguas. No necesita una lámpara.
            -No necesito una lámpara para caminar sobre las aguas, o debajo de ellas; pero sí que la necesito para encontrar mi lágrima perdida.        
            -¿Y qué sabe usted, que no me habré bebido yo su lágrima por accidente? Hace un rato le he dicho que yo bebo de estas aguas.
            -¿Siente usted en sus entrañas la tristeza de una muchacha de quince años?
            -No. Pero siento el miedo de muerte de un hombre. Eso es lo que siento.
            -Entonces, no se ha bebido mi lágrima. Con su permiso, voy a seguir buscándola. No puedo entretenerme más tiempo conversando con usted.
            -No le permitiré marcharse. Si no me entrega esa lámpara por las buenas, me temo que lo forzaré a entregármela.
            -Tendría que matarme, para conseguirlo.
            -Eso haré. Le voy a partir este remo en la cabeza, y tomaré su lámpara.
            -Si usted me parte el remo en la cabeza, ya no tendrá con qué remar.
            -No importa. Caminaré, tal como usted lo hace.
            -Si pudiera caminar, hace días que se habría apeado de ese bote, y ya estaría feliz en su muelle.
            -Pues ya veremos si me apeo, o no, del bote.
Agustín remó hasta ubicarse junto al hombre. El hombre no se movió, sólo lo miraba en silencio. Agustín se enderezó, levantó el remo y lo dejó caer con toda rabia sobre el hombre. Pero el bote se mecía con demasiada brusquedad, pues Agustín no conseguía mantener bien el equilibrio. El remo se partió en dos sobre el brazo del hombre, haciendo que éste soltara la lámpara encendida. La lámpara cayó en las aguas, y comenzó a hundirse.
            -¡Mire lo que ha hecho! –explotó el hombre-. Me ha partido el hombro, y además me ha hecho perder mi lámpara.
            Agustín se dejó caer dentro del bote, apoyándose en el borde de madera. Miró hacia la lámpara que se hundía en las aguas, sin importarle que el bote pudiera volcarse. La punta de su nariz casi tocaba la superficie. El bote se inclinaba peligrosamente. Los pedazos del remo se deslizaban presurosos alejándose de la escena, hastiados de tanta palabrería.
            El hombre, derrotado, también se dejó caer sobre la superficie, quedando de rodillas. Rasgaba el agua con las uñas, mientras miraba la luz de la lámpara que poco a poco se iba escabullendo por entre los recodos del abismo.
            Los haces de luz eran cada vez más débiles, hasta parecer apenas hilos brillantes en medio de la oscuridad. No tardaron en perderse por completo, y las tinieblas apretujaron todo de nuevo. Agustín levantó la mirada, buscando distinguir aunque fuese el resplandor de la luna en lo alto; pero no pudo ver absolutamente nada, todo estaba cubierto de sombras. Sólo se escuchaban los jadeos del hombre, aún tendido allí sobre el agua junto al bote.
            Aunque no consiguió ver nada más, Agustín percibió perfectamente los últimos sonidos que tuvieron relación con el hombre. Éste se mantuvo un rato rasgando las aguas con dolor. Quería llorar, pero no tenía lágrimas. Desesperado, comenzó a tomar con sus manos puñados de lágrimas que hallaba en las aguas, pero ninguna le hacía llorar como él hubiese querido. Entonces se puso en pie, se sacudió algunas gotas del pantalón y, a falta de llanto, soltó una pavorosa carcajada.
            Agustín escuchó los pasos serenos del hombre alejarse sobre las aguas, hasta perderse en el silencio de la niebla.




Gajes de la locura


            Este hombre no habla; apenas gesticula, y las palabras se le caen de la boca como naranjas incapaces de reventarse contra el suelo. Allí quedan sus palabras en el suelo, él mismo las pisa, sin darse cuenta, cuando yo lo invito a pasar a mi casa, y entonces yo no he conseguido escuchar nada de nada de lo que él me dice. ¡Ah!, pero antes de cerrar la puerta he notado que un trozo de tristeza, solitario y aburrido, pretende venirse pegado a sus talones: he tenido que alejarlo hacia fuera mediante un empujoncito con la punta de mi zapato. Cierro de un portazo por si acaso intenta abrirse camino de nuevo el pedacito de tristeza, aunque lo hago con cierto remordimiento pues con toda seguridad le he roto las narices; el recién llegado me mira con injustificable estupefacción.
            Sus labios se mueven de nuevo; trato de hacerme hacia un lado y hacia el otro, pensándome capaz de atajar siquiera dos o tres de sus palabras con mis orejas abiertas de par en par, pero sus palabras llevan demasiada prisa, o llevan el rumbo perdido: en lugar de buscar con su aliento de murciélago mis oídos, adoptan la dirección opuesta y van a archivarse entre los tomos polvorientos y aburridos de la biblioteca. Pobrecillo, el hombre me mira y trata de hacerse entender y yo, un poquito de buen samaritano, lo tomo por el brazo y lo conduzco hasta la sala. Le indico que se siente, pero él ha de haber tomado mi ademán por otra cosa, puesto que se inclina hacia atrás y se coloca en interesantísima posición. Me conmueve el terrible estado en que este hombre existe, me conmueven los baches de su mente enferma; así que chasqueo los dedos de inmediato y se presenta Matilde, la sirvienta; entre ambos lo ayudamos a sentarse en el sofá, y el tipo no se resiste. Más aún, se nos antoja sumamente maniobrable, con el rostro desconcertado. Una vez allí sentado, se rasca la cabellera.
            Le pido a Matilde que nos traiga el vino tinto y dos copas y, en vez de sentarme, me pongo a dar vueltas alrededor suyo. He decidido darle una oportunidad más para que intente comunicarse conmigo, y en efecto lo intenta, y hasta trata de ayudarse con gestos, pero no sabe enfocar su voz y, para colmo de males, los gestos se pierden en la distancia que nos separa, yo no los alcanzo a distinguir porque antes de llegar a mis ojos se contraen de vergüenza y corren a ocultarse bajo la alfombra, o se enredan en los haces de luz de la lámpara encendida. Me da tanta pena, me acurruco en cuclillas frente a él y lo insto a expresarse, tomándole ambas manos para darle ánimos, pero todo esfuerzo resulta inútil.
            Por su parte, Matilde no ha conseguido captarme. En lugar del vino y las copas me ha traído algunas viejas facturas, pero yo sé que ella tiene algunos no muy ligeros problemas de captación; le doy un par de palmaditas en el hombro, le sonrío como para hacerle creer que está buena y que es feliz, y tendré que ir yo por el vino; pero ella parece interpretarlo de modo distinto: asiente con sumisión, y se sienta junto al tipo. ¿Cómo explicarle que no lo haga, que se marche a la cocina, o si lo prefiere, que se conceda una siesta? Le susurro con cortesía en el oído, me mira con unos ojos que quieren esconderse debajo de los párpados abiertos, y no me queda otro remedio que decirle a sangre fría que se vaya, que a partir de ahora prescindo de sus servicios. Pero ella se levanta, asiente de nuevo y se pone a encender el fuego en la chimenea. Yo le explico al visitante que ella está malita de la cabeza, y él se levanta asustado y se sacude el pantalón; pobrecillo, él tampoco está bien del todo, y no consigue captarme.
            Me voy a la cocina: hay que buscar el vino, pero me encuentro con que Matilde lo ha cambiado todo de sitio. Ha vaciado la cocina y la ha poblado con los muebles y decorados de mi dormitorio, incluso ha tenido la paciencia de cambiar el tapiz de la pared, y la muy bobalicona se ha llevado incluso la ventana que pertenecía a la cocina, pequeñita, y en su lugar ha colocado la del dormitorio que es más grande y que tiene un paisaje distinto. Qué lástima que me da esta muchacha, pero de alguna manera habrá que hacerla entender que debe abandonar la casa, pues como sirvienta deja mucho que desear.
Por lo pronto regreso a la sala y le explico al tipo que no tengo vino que ofrecerle, y él se levanta de nuevo y trata de decirme algo, mientras agita las manos y se encoge como quitándose culpas. Yo lo entiendo, es sólo un ligero ataque de paranoia; me acerco a él, me gustaría darle un abrazo para consolarlo, para que sienta que no está solo ni abandonado, pero él palidece y se queda mirándome la mano como quien mira un revólver, y luego huye despavorido de la casa. Se ha dejado en el sofá su maleta de vendedor ambulante, entonces me volteo y le pido a Matilde que lo alcance y se la entregue. Pero ella me ha entendido otra cosa, puesto que se ha echado sobre la alfombra y se ha puesto a retorcerse y a escupir sangre por un orificio que ha improvisado en su estómago. ¡Qué ideas, pobre tonta!
Qué gente tan rara. Algunos no consiguen darse a entender, como aquel, y a otros les pasa lo que a la buena Matilde, tan inocente pero no alcanza a asimilar lo que se le dice. Me da tanta pena pensar en cualquiera de los dos, habría que echarse a llorar como un niño.
Alguien toca de nuevo a la puerta. Tomo la maleta, pues ha de ser el tipo que regresa por ella. Abro. Es él, en efecto, pero viene acompañado por otro buen amigo suyo vestido de uniforme y con gorra y una plaquita en el pecho; este amigo suyo me malinterpreta y me maneja con brusquedad, balbuceando cosas incoherentes. Yo trato de explicarle, pero este individuo me tiende contra el suelo y me aprisiona las manos por detrás, con algo duro y frío.
¡Pobrecillo!, quién sabe por quién me toma.




Cuentos




Ahora que tengo un monasterio (poema)

La primogénita

La torre

La niebla y Agustín

Gajes de la locura

Danza y delirio de las percepciones

A mi adorada y desconocida señora

Cómo crear un homúnculo según Paracelso

Ahora que tengo un monasterio



Ilustración de Cynthia Caraccioli


Ahora que tengo un monasterio
lleno de luz, espejo de mis sombras
sombras de quince años
sombras de veinte años
sombras que son la envidia del diablo
cuando el diablo se sienta
y las mira
.
las mira, a mis sombras
que a ser miradas se sientan
y se dejan refulgir por el destello opaco,
tierno, perverso
de esos ojos de rojos manantiales
y párpados como tercos nubarrones
miradas que van, y luego vuelven
o tornan sobre sí mismas
también para sentarse
y ser miradas
.
Y el diablo, en su taburete
sonríe por no llorar
luego llora por no gritar
o acaso duerme, por no cantar.
En su taburete se revuelca
y mira hacia otro lado
y se pregunta
el diablo se pregunta
pero sus preguntas se esconden
temen ser respondidas
y las respuestas despiertan
el oído contra la pared
y mueren en el intento
.
El refectorio cierra los ojos
meditabundo
el claustro se deshila
hilo tras hilo
la capilla, las celdas, el huerto
todos se van a la cama
y sólo la biblioteca
caos de mi alma
decide quedarse en vela
ahora que tengo un monasterio
.
No hay diablo que tenga
ni hay infierno que tenga
ni hay sombra que tenga
pezuña suficiente
para soltar las amarras de mi noche
no hay locura que entienda
ni muerte redentora
no hay una llave
tampoco una cadena
no hay herida posible
ahora que tengo un monasterio.




La primogénita



Ilustración de Cynthia Caraccioli 


            Cierta mañana decidimos tener un hijo. Hicimos el amor. A las diez, mi mujer derramó el café sobre su vientre abultado. Invitamos a la partera, que llegó a eso del mediodía. Decidió quedarse de una vez con nosotros. Por la tarde comenzaron los antojos y, hacia las cuatro, las contracciones. A la hora del té nació una chiquilla preciosa, con ojillos azules y deliciosas mejillas. Apenas echó dientes, me arrancó el pulgar de un mordisco. A las seis la enseñamos a leer y a escribir. Siempre fue muy graciosa. Durante la cena, comenzó su adolescencia. Luego se encerró en el cuarto, perdió la virginidad y, a eso de las diez, la encontramos fumando marihuana. ¡Qué lástima! Tan coqueta que era, de recién nacida. Tuvimos dos o tres altercados más. Pasada la medianoche, optó por marcharse de casa. Nos dejó una nota de lo más conmovedora, sobre la almohada. Nunca la volvimos a ver. La extrañamos muchísimo. Alguien nos contó que a las tres de la madrugada se había casado, y a las cuatro y media, el divorcio. Luego supimos, también por boca de otros, que había muerto antes del amanecer. Pobrecilla, pero ya estaba tan vieja. 


A mi adorada y desconocida señora



Ilustración de Cynthia Caraccioli


            Me temo se estará Ud. preguntando, apenas comience a leer estas líneas, quién diantres soy yo.
            Qué importa quién sea. ¿Acaso podría Ud. de cualquier modo alegar conocerme, apenas con que atine yo a describirle mi desmañada figura? ¿Va eso a cambiar un ápice del abismo irreparable que nos separa? ¡Ah, no lo creo! Mi silueta encorvada, mis brazos largos y simiescos, mis piernas escurridizas y mi torpe semblante rudimentario no conseguirían en su persona otra cosa que obligarla a voltear la mirada. ¡Y cuán duro, hiriente como un hachazo, resultaría eso para este pobre diablo, señora, este malaventurado que la adora desde la inescrutable negrura de este mundo marchito y esmirriado!
            Pero aguarde, aguarde un momento… ¿he hablado ya demasiado? ¿Acaso aludí ya a mi aspecto triste y descolorido…? ¡Ay, esta pluma que tiembla en mi mano, y que escribe mucho más de lo que debiera quedar escrito! Pero créame, señora, que con mi boca ocurriría todo lo contrario: no saldrían de ella más palabras de las que fueran necesarias para colmarla de alabanzas y bendiciones, día y noche, hasta que se durmiera Ud. complacida entre mis brazos, alucinada por mis impetuosos agasajos y lisonjas, por tan ansiosos suspiros como los que hasta hoy se apretujan dentro de este pobre corazón, clamando por brincar hasta sus oídos.
            Se hallará Ud. un tanto turbada, luego de leer tan imprudentes confesiones. ¡No se asuste! Soy, a fin de cuentas, el ser más inofensivo que callejea sobre estas tierras. Pero el amor, señora, el amor… Además, ¿tengo yo toda la culpa? ¿Acaso no ha sido Ud., sin darse cuenta, la causante de esta alborotada pasión que se estruja en mi pecho? Ahora escuche mis razones, y entenderá por qué digo todo esto.
            Soy, o al menos he sido hasta la fecha, el tipo más solitario que haya dejado olvidado el tiempo sobre la faz de esta ciudad. Soy un sepulturero, y lo he sido desde que tengo memoria. Mi padre fue un sepulturero, y fue mi abuelo también un sepulturero. Mi madre descansa casi debajo del sitio donde duermo, y yo mismo eché algunas de las paladas que la cubren. ¿Le parece a Ud. este modo de expresarme, el de un tipo quizás demasiado... frío? No podrá negar, en todo caso, que se halla Ud. a una temperatura harto inferior que la mía...
            Sí, tal como le decía, difícilmente he sacado en toda mi vida un pie de este cementerio. He sido inacabable testigo del llanto áspero e inútil de los que quedan a este lado del césped, y he sido testigo también del silencioso y descuidado adiós de los que se marchan al hogar, mucho más cierto y acogedor, que propone el polvo.
            Fui testigo además, hace algunos meses, de su llegada a este mi humilde panteón. ¡Qué poca gente la acompañaba! A mi parecer, nadie en este mundo supo distinguir realmente la formidable belleza que encierra su presencia. Ni siquiera su marido que, si bien es cierto lloraba, créame que no lo hacía por la amada ausente sino, más aún, por la nueva compañera que acometía de pronto en su vida, esa chiquilla revoltosa, grosera y a veces despiadada que llamamos soledad y que, aunque uno no la ame, ella se encariña con uno como la madre con su niño enfermo; y téngalo por un hecho, ya desde esa tarde su marido se halló prisionero irrecuperable en esos brazos de mujer que no se pueden ver ni tocar, pero que se sienten en el alma como clavos macizos y herrumbrosos.
            Bien, ¿qué le decía? ¡Ah, sí, el amor…! ¿Quién más puede darle amor, señora mía, que este enfermo desquiciado que nunca antes ha amado a nadie? Su marido ya la amó una vez, y no se puede amar –amar de verdad- por segunda vez, ni siquiera a la misma persona. ¿Y quién no ha malgastado ya su cuota de amor en este mundo, aunque sea casi siempre en el sitio, a la persona y en el momento equivocados? Pero mi corazón, este corazón lento y aburrido, ¡aún no se ha dado de bruces contra el brutal manotazo del amor! Aún no se ha hecho trizas, por culpa de nadie… Los muros de este cementerio no le han cedido tregua, y hasta la fecha, sólo los gusanillos han sabido hacerme compañía.
            Se estará preguntando, supongo, cómo he llegado a enamorarme de Ud. Pues bien, tal como le decía hace un rato, fue Ud. la que empezó todo. ¡Bastó con darme una vuelta por el cementerio, y pasar por descuido junto a su tumba! Al pie de su lápida crecen delicadas florecillas de tiernos colores, como no las hay en ningún otro rincón del terreno. Además, desde las entrañas polvorientas de la tierra donde Ud. yace asciende un particularísimo perfume, que no le deja a uno otra que amarla con todo el ser; amarla con la piel, con las uñas, amarla hasta con los recuerdos de antaño, que nada tienen que ver con su persona.
            ¡Ah, sí! Puedo imaginar sus largos cabellos, aún enraizados en su cráneo, describiendo exquisitos rizos a lo largo del féretro. Puedo imaginar su mirada, ya vacía, en la que podría yo sumergirme como se sumerge una ballena en los generosos abismos del mar. Puedo imaginar su sonrisa que, ahora carente de labios, ha de ser mucho más grande y preciosa, y que ya nadie la podría borrar, a menos que su calavera entera llegara a desmoronarse como un castillo de arena.
            En fin; de que la amo, la amo. De eso, no quiero que se permita Ud. la menor duda. Y esta misma noche, en que el viento sopla con aliento de hojas secas y de tierra suelta, voy a llevar a cabo el más grande acto de amor que puede cualquier mortal realizar por una mujer. No lo hago por demostrarle nada, créame; lo hago sólo porque quiero estar con Ud., desde el fin de mis días hasta el final de los tiempos.
            Ya el cianuro va depositando, una a una, sus caricias por debajo de mi piel. La sola existencia ha comenzado a dolerme, y mi cabeza puja hacia el suelo como un árbol muerto queriendo desplomarse. Mis párpados van cayendo irreversiblemente, como dos telones que acabarán por clausurar la función, triste y aburrida, que hasta hoy he vivido.
            Entonces caeré en un sueño sin sueños, para despertar en un lecho en donde no molesta el sol por las mañanas. Y si Ud., mi adorada señora, lo tiene por bien, al despertar espero hallarme enredado a sus huesos.



Danza y delirio de las percepciones


            Al principio solo una vaga revelación, los largos ratos de ocio y meditaciones y entonces comenzaba, apenas un poco, apenas un poquito a comprenderlo todo, que al principio solo era la idea de estarse encogiendo; yo y todo, encogerse el universo a una vez. Como estar sentado frente al televisor y notar de repente que la imagen se hace pequeña, se aleja poco a poco, pero en realidad no notarlo porque el resto también se hace pequeño: el televisor en sí y la mesita y la sala y el mundo en general. No había ningún problema, nos encogíamos pero nadie notaba nada raro en nadie o en nada; hasta el día en que llegásemos a ser más pequeños que el punto más pequeño posible, todo estaba bien. (Siempre y cuando no resultase que, por causa de la estrechez de la materia, nos conformasen cada vez menos y menos puntos, tal como sucedería en la pantalla del televisor; sería terrible despertar un día y descubrir que tu brazo es una línea compuesta por tres, lo más cuatro puntos del universo).
            Luego me percaté de que no todo era del mismo tamaño. Me refiero a que, relativamente, la cama no era del tamaño de la cama, y los dos metros que me separaban de la pared no eran dos metros, en algunos puntos eran más, en otros, menos. 
            Sucedía que nadie podía notarlo. Posiblemente la naranja que alguien comía era más grande que él, pero visto desde el ángulo de nuestro existir se veía como una naranja pequeña; entonces yo salía a caminar por las calles y me tropezaba y rodaba hacia todos lados, pues sabía que los planos simétricos de la acera eran dispares entre sí y la carretera era de mil tamaños distintos entrelazados unos con otros, y fácil pisaba por descuido un camión que estaba a punto de atropellarme, pero me salvaba pues el neumático era enorme y yo me escurría por uno de los repliegues. Es un ir y venir de formas y dimensiones, y luego el tiempo, yo sentado en el sofá jugueteando con seis minutos metidos dentro de dos minutos entre mis dedos, mientras extiendo un único centímetro del brazo y alcanzo el vaso dentro del agua que contiene, o la catedral. Y luego la realidad y la ficción, el bien y el mal y lo feo y hermoso, todo en orgía con las horas y el ancho y norte y sur, todo parte del mismo trago de la vida y muerte mezclados con horrible incoherencia e igualdad de derechos, la cama en el vaso en las seis de la tarde y el yo sin serlo mucho e inmerso en el resto; y entre el frío y el muro el recuerdo, que al principio solo era la idea de estarse encogiendo.