ESCRITOR COSTARRICENSE

Poseo los derechos de autor de todos los textos, canciones y sus letras, y de mis ilustraciones.
Cynthia Caraccioli posee los derechos sobre todas sus ilustraciones.
Sofía Vargas Rubio posee los derechos sobre todas sus ilustraciones.
Diego Zúñiga posee los derechos sobre todas sus ilustraciones.

La luna errante


Ilustración de Diego Zúñiga


1

Mi nombre es Matías.
Soy astronauta.
Vivo en el viejo ático encumbrado sobre la última casa, calle arriba.

Es cierto que mis vecinos dirían que vivo en la casa, y no en el viejo ático.
Los áticos son sitios en que no se vive, en ellos solo se guarda todo lo que ya no sirve para vivir -pero que no nos atrevemos a dejar morir.
Sin embargo, en mi caso ha ocurrido lo contrario: mi casa se ha convertido en un sitio inhabitable… y mi ático es como una isla en que, después del naufragio, he conseguido sobrevivir.

De los restos del naufragio la casa es retrato fiel: cada estancia, cada mueble, cada pasillo ha sido aplastado por el torpe recuerdo de lo que no pudo ser. Las puertas y ventanas –por las que alguna vez pude salir a la calle- se han hundido sin remedio en el abismo de mi alma.
A duras penas pude salvar la vida, escaleras arriba, y he conseguido refugiarme en este pequeño rincón del mundo donde los recuerdos se pierden en medio de recuerdos más antiguos.

2

He dicho que soy astronauta.
Podría pensarse que lo he dicho metafóricamente, y que realmente soy un náufrago.

Fui un náufrago.
Ahora soy astronauta, y como prueba de ello puedo mostrar mi traje espacial.
Ciertamente es un traje rudimentario, pero ha cumplido cabalmente todo cuanto se le ha pedido hasta ahora.
Confeccionarlo fue una aventura…
…usarlo es un arte.

3

Sé que no da la impresión de ser el típico traje del típico astronauta.
Tampoco son típicos mis viajes por las galaxias.
No podrían serlo, pues no son típicos los planetas que visito; ni lo que en ellos ocurre. Anoche, por ejemplo, llegué a un planeta sin notar que me había traído –enredado en un zapato- el hilo de una tela de araña. Cuando caí en cuenta de lo que había ocurrido, el daño estaba hecho: dos planetas habían quedado unidos por el hilo, y esto, a la larga, podría provocar un estropicio intergaláctico, o al menos interplanetario.
Todo astronauta digno de llevar ese nombre sabe que dos planetas nunca deben quedar unidos por una tela de araña. ¿Qué pasaría si un tercer planeta pasara por medio de ellos, y se enredara en el hilo? Esto sería un estropicio interplanetario.

4

Peor aún, una araña podría aparecer en escena y continuar el trabajo, de planeta en planeta. Los planetas son muy inquietos. Las arañas también. Un hilo por aquí, un planeta por allá, y entonces tendríamos un estropicio intergaláctico.
Yo una vez viví un estropicio. Fue un estropicio terrible, pero no fue en las lejanas galaxias, fue corazón adentro. Aquella vez me quedé enredado en los cabellos de una chica muy guapa. Esto puede ser aún más peligroso que las telas de araña. Por eso naufragué, y terminé en este ático desierto.
Un naufragio es muy lamentable, pero aquel es el estropicio más bello que he vivido.

5

No todo es malo en los estropicios. Se aprenden muchas cosas. Se aprende que no es fácil hacer equilibrio sobre el hilo de una tela de araña, sobre todo cuando los planetas están rotando. Resulta ser un terreno muy inestable.
Se aprende también que los zapatos se quedan pegados al hilo, pues así son las telas de araña: las arañas deberían ser zapateras, se ahorrarían el dinero del pegamento. Aunque ocho zapatos es mucho decir: ¡hacen bien en ir descalzas!

6

Se aprenden también cosas muy inesperadas. Se aprende a domesticar a las arañas, para entonces viajar sobre su lomo y con una larga espada cortar sus propios estropicios. Sólo así se puede restaurar el orden en el universo, y luego es bueno que las arañas regresen a sus rincones en el ático. De los planetas es mejor mantenerlas alejadas.

7

No son, sin embargo, las arañas el mayor peligro para una galaxia en el ático. Las mariposas, por ejemplo, son una amenaza terrible pues están enamoradas de la luz, y las galaxias están llenas de estrellas. (La noche, por ejemplo, es una galaxia… y los enamorados son mariposas aprendiendo a volar).
A decir verdad, fue gracias a una mariposa que supe de la existencia de una galaxia en mi ático. Después del naufragio yo había decidido dedicarme a escribir mis memorias, y puse manos a la obra; todas las tardes escribía durante varias horas, y por la noche encendía la bombilla que cuelga de lo alto y escribía un rato más, antes de acostarme a dormir bajo el cobijo de los tomos de la vieja enciclopedia.

8

Una noche olvidé apagar la bombilla. La mariposa me despertó en la madrugada y traía en el pico un pequeño asteroide que aún temblaba. ¿De dónde podría sacar un asteroide una mariposa que vive en un ático? Entonces yo aún no era astronauta, era solo un náufrago de profesión; por eso pensé en lanzar al mar un mensaje en una botella, pidiendo explicaciones.
En lugar del mensaje metí en la botella a la mariposa con el asteroide. No hay mejor mensaje que los mismos hechos. Pero como en mi ático no hay mar, decidí colocar la botella en mi escritorio y usarla como inspiración. Me senté a escribir.
Y de cuando en cuando miraba a mi mariposa. Y descubrí que su mirada siempre se perdía en lo alto, allá en la bombilla encendida, anhelándola como quien anhela viajar a las lejanas galaxias.

9

Así fue como, siguiendo cuidadosamente el rastro de la mirada de mi compañera embotellada, descubrí que en torno a la bombilla se había formado un sistema solar. Esto es lo que pasa cuando uno nunca limpia el ático: las pelotillas de polvo se aburren en el suelo, se ponen a volar y terminan girando en torno a la bombilla, como planetas en torno a un sol.

10

Mi primera preocupación fue el asunto de la bombilla: las bombillas no son eternas. Las bombillas perecen, igual que las estrellas, aunque las estrellas son más perezosas: una estrella puede tardar mucho, muchísimo tiempo en apagarse. Las bombillas, en cambio, tienen más prisa.
Por eso decidí ser astronauta. Soy un astronauta con prisa, pues mi bombilla no es eterna y sé que algún día mis galaxias se quedarán sin sol y se expandirán por todo el ático, donde ya no podré explorarlas. Pero mientras mis galaxias estén allí, en torno a mi bombilla, soy astronauta.
Ya tendré tiempo de volver a ser náufrago. Las islas sí son eternas. La única esperanza de un náufrago es el paso de un barco pirata.
Pero no hay piratas en los áticos.

Mi segunda preocupación fui yo mismo. Son increíbles las cosas que pueden pasar por la cabeza de uno. En el momento en que me senté a contemplar mi bombilla apareció la terrible pregunta:
¿y si la apago?
¿y si apago la bombilla…?
¿…qué sería de mi pequeño universo…?

11

Por eso a veces es mejor no pensar. Abandoné la escritura de mis memorias y trabajé en la confección de mi traje de astronauta.
También construí una nave espacial, pues uno no puede llegar al espacio de un brinco.
Y, una vez concluidas estas tareas, viajé a las lejanas galaxias.

Y esto es todo lo que puedo decir, al menos por ahora. Soy un explorador que no tiene descanso. Viajo de planeta en planeta, conociendo sus extrañas civilizaciones y defendiéndolas de los ataques de las mariposas y de alguna eventual araña.

12

También debo cuidar del bienestar de los planetas: hay días en que la bombilla se calienta mucho, y debo protegerlos de posibles quemaduras. Afortunadamente hay en mi ático una buena colección de viejos sombreros. Cuando el sol pega fuerte mis planetas viajan cada cual con su sombrero puesto, y así descansan serenos bajo su sombra.

13

Otras veces algún planeta o asteroide escapa de la galaxia. Debo estar muy atento a este asunto, pues ya perdí una luna: ocurrió hace tres noches. La luna se fue alejando con disimulo de su planeta, y cuando caí en la cuenta ya se marchaba por la ranura de la puerta.
Es la primera vez, desde los días del naufragio, que me atrevo a abrir esa puerta. Pero no pude más que asomarme. Vi a la luna por última vez, perderse escalera abajo entre las sombras del abismo.
Cerré de un portazo.

14

Por allí andará la luna, navegando feliz por entre mis amargos recuerdos.
No puedo hacer nada. Mi sitio está aquí arriba, junto a mis infinitas galaxias.
Un astronauta nunca debe olvidar quién es, ni cuál es su sitio.
El día que pones los pies en la tierra…
…ese es el día en que, irremediablemente, volviste a ser un náufrago.






La niebla y Agustín


            Antes de quitarse la vida, Agustín decidió darse un último gusto. Desató la cuerda que mantenía a su bote amarrado al viejo muelle, y comenzó a remar lago adentro.
            La niebla no tardó en apretujarse sobre las aguas tranquilas. Esto era lo que más le gustaba a Agustín: el remar a la deriva, sin poder distinguir nada más allá de la proa del bote, acompañado apenas por la queja inútil del agua al saberse cortada por el violento filo de los remos.
            Sin embargo, aquella tarde la niebla resultó ser demasiado espesa. Llegó un momento en que Agustín ni siquiera sabía si había ya anochecido, y no hallaba forma de regresar al muelle, o a cualquiera de las orillas del lago. Por más que remara hacia una dirección o hacia la otra, no conseguía hallar más que agua. El frío se le pegó a los brazos, y el miedo se le asomó por la garganta.
            La niebla no se marchó nunca. Agustín bebía de las aguas del lago, y se alimentaba con algunos peces que conseguía atrapar con sus manos ágiles, o con los pajarillos que atajaba en el aire cuando volaban a ras del agua.
            Un día, Agustín distinguió un resplandor en medio de la niebla. Trató de alcanzarlo, pero éste se escondía para aparecer más tarde en alguna otra dirección. Cuando por fin consiguió acercarse, Agustín distinguió una lámpara encendida. Un hombre alto, vestido de negro y con piel pálida y seca, cargaba esa lámpara. El hombre caminaba tranquilamente sobre las aguas, sin prisa y deteniéndose a menudo para agacharse y tomar con los dedos alguna gota de agua; la alzaba, la miraba con curiosidad, y la volvía a depositar cuidadosamente sobre las aguas.
            Agustín remó hacia el hombre. Al principio, el hombre no pareció darle importancia. Agustín lo llamó. El hombre se volteó y se quedó quieto, mirándolo. Los haces de luz de la lámpara salpicaban su rostro, de facciones duras, silenciosas.
            -Me temo que me he perdido –dijo Agustín-. La niebla ha decidido quedarse para siempre en este lago, y no tengo manera de hallar el camino hacia el muelle.
            -Teme usted bien –replicó el hombre, con voz elegante y pausada.
            -Usted podría ayudarme...
            -Me pregunto de qué manera.
            -Usted tiene una lámpara. Con esa lámpara, podríamos hallar el camino hacia el muelle.
            -No hay camino hacia el muelle. Los caminos son para los campos. En el agua, no hay caminos. Los caminos se hunden en el agua, apenas uno los camina. No necesitan hacerse visibles, les basta con ser caminados.
            -Entiendo lo que usted dice... Pero, de todas maneras, la lámpara nos puede ayudar. Si bien no hay caminos, con su luz podríamos distinguir el muelle, o alguna de las orillas, desde lejos.
            -Tampoco tiene mucho sentido. Lo mismo que los caminos en el agua, la luz se hunde en la niebla. Fíjese usted –y el hombre levantó la lámpara muy en alto. Los haces de luz se derramaron hacia todos lados, pero no tardaron en darse de bruces contra las paredes de niebla.
            -Entonces –insistió Agustín-, déjeme la lámpara a mí. De cualquier manera, ¿para qué la necesita usted?
            A modo de respuesta, el hombre se agachó y juntó con delicadeza una gota de agua. La mantuvo en alto, la observó detenidamente, y se agachó de nuevo para depositarla sobre las aguas.
            -Pero –Agustín comenzaba a hablar con cierta desesperación-, ¿para qué quiere usted ver cada gota de agua? ¡Todas son iguales! Con una que haya visto, ya las ha visto todas.
            -Para nada. Desde hace días que busco una gota que se me ha perdido.
            -¡Una gota que se le ha perdido!
            -Una gota pequeñita, quizá usted la haya visto. No es muy redonda, más bien tiende a desparramarse hacia un lado. Pero es muy apacible, y sabe derramarse con dulzura por las mejillas.
            -¡Por las mejillas! Entonces, usted habla de una lágrima, no de una gota.
            -Pues bien, lágrima o gota, para mí es lo mismo. A fin de cuentas, este lago no está hecho de otra cosa que de lágrimas.
            -¡Un lago de lágrimas! Eso es absurdo. Yo he bebido de las aguas de este lago, y son dulces. Las lágrimas, en cambio, están hechas de sal.
            -No. La sal está hecha de sal. Las lágrimas, están hechas de otras muchas cosas.
            -¿Y de qué cosas? ¿De tristeza, acaso?
            -A veces, de tristeza. A veces, de cariño. O de emoción, o hasta de risa. La lágrima que se me ha perdido, la ha derramado una muchacha de quince años.
            -¡Entonces, ni siquiera es suya esa lágrima! ¿Para qué la busca? Ayúdeme a mí a hallar el muelle, y ya otro día podrá pasearse la muchacha buscando su lágrima.
            -La muchacha no quiere encontrar su lágrima. Una vez que la hubo derramado, ya quiso olvidarse de ella.
            -No le encuentro sentido, entonces, a que usted ande como un loco buscándola. Si la muchacha no la quiere de vuelta, ¿para qué la quiere usted?
            -Para llorarla, naturalmente.
            -¡Llorarla...! Pero cada cual llora sus lágrimas. ¿Cómo iba uno a llorar las lágrimas de otros?
            -Yo no tengo lágrimas. Mis lágrimas se han secado, desde hace muchos años. Tengo carcajadas, y tengo algunos gruñidos.
            -Entonces, le bastará con llorar las lágrimas de cualquiera. Es más, yo mismo podría comprar su lámpara con algunas lágrimas mías.
            -Sus lágrimas no son tristes. Son de miedo. Y aún si fueran de tristeza, no valdrían para mí lo que vale la lágrima de una muchacha de quince años. Además, mi lámpara no está en venta.
            -¡Pero mi vida depende de esa lámpara!
            -También mi vida depende de esta lámpara.
            -Para nada. Usted puede caminar sobre las aguas. No necesita una lámpara.
            -No necesito una lámpara para caminar sobre las aguas, o debajo de ellas; pero sí que la necesito para encontrar mi lágrima perdida.        
            -¿Y qué sabe usted, que no me habré bebido yo su lágrima por accidente? Hace un rato le he dicho que yo bebo de estas aguas.
            -¿Siente usted en sus entrañas la tristeza de una muchacha de quince años?
            -No. Pero siento el miedo de muerte de un hombre. Eso es lo que siento.
            -Entonces, no se ha bebido mi lágrima. Con su permiso, voy a seguir buscándola. No puedo entretenerme más tiempo conversando con usted.
            -No le permitiré marcharse. Si no me entrega esa lámpara por las buenas, me temo que lo forzaré a entregármela.
            -Tendría que matarme, para conseguirlo.
            -Eso haré. Le voy a partir este remo en la cabeza, y tomaré su lámpara.
            -Si usted me parte el remo en la cabeza, ya no tendrá con qué remar.
            -No importa. Caminaré, tal como usted lo hace.
            -Si pudiera caminar, hace días que se habría apeado de ese bote, y ya estaría feliz en su muelle.
            -Pues ya veremos si me apeo, o no, del bote.
Agustín remó hasta ubicarse junto al hombre. El hombre no se movió, sólo lo miraba en silencio. Agustín se enderezó, levantó el remo y lo dejó caer con toda rabia sobre el hombre. Pero el bote se mecía con demasiada brusquedad, pues Agustín no conseguía mantener bien el equilibrio. El remo se partió en dos sobre el brazo del hombre, haciendo que éste soltara la lámpara encendida. La lámpara cayó en las aguas, y comenzó a hundirse.
            -¡Mire lo que ha hecho! –explotó el hombre-. Me ha partido el hombro, y además me ha hecho perder mi lámpara.
            Agustín se dejó caer dentro del bote, apoyándose en el borde de madera. Miró hacia la lámpara que se hundía en las aguas, sin importarle que el bote pudiera volcarse. La punta de su nariz casi tocaba la superficie. El bote se inclinaba peligrosamente. Los pedazos del remo se deslizaban presurosos alejándose de la escena, hastiados de tanta palabrería.
            El hombre, derrotado, también se dejó caer sobre la superficie, quedando de rodillas. Rasgaba el agua con las uñas, mientras miraba la luz de la lámpara que poco a poco se iba escabullendo por entre los recodos del abismo.
            Los haces de luz eran cada vez más débiles, hasta parecer apenas hilos brillantes en medio de la oscuridad. No tardaron en perderse por completo, y las tinieblas apretujaron todo de nuevo. Agustín levantó la mirada, buscando distinguir aunque fuese el resplandor de la luna en lo alto; pero no pudo ver absolutamente nada, todo estaba cubierto de sombras. Sólo se escuchaban los jadeos del hombre, aún tendido allí sobre el agua junto al bote.
            Aunque no consiguió ver nada más, Agustín percibió perfectamente los últimos sonidos que tuvieron relación con el hombre. Éste se mantuvo un rato rasgando las aguas con dolor. Quería llorar, pero no tenía lágrimas. Desesperado, comenzó a tomar con sus manos puñados de lágrimas que hallaba en las aguas, pero ninguna le hacía llorar como él hubiese querido. Entonces se puso en pie, se sacudió algunas gotas del pantalón y, a falta de llanto, soltó una pavorosa carcajada.
            Agustín escuchó los pasos serenos del hombre alejarse sobre las aguas, hasta perderse en el silencio de la niebla.




Gajes de la locura


            Este hombre no habla; apenas gesticula, y las palabras se le caen de la boca como naranjas incapaces de reventarse contra el suelo. Allí quedan sus palabras en el suelo, él mismo las pisa, sin darse cuenta, cuando yo lo invito a pasar a mi casa, y entonces yo no he conseguido escuchar nada de nada de lo que él me dice. ¡Ah!, pero antes de cerrar la puerta he notado que un trozo de tristeza, solitario y aburrido, pretende venirse pegado a sus talones: he tenido que alejarlo hacia fuera mediante un empujoncito con la punta de mi zapato. Cierro de un portazo por si acaso intenta abrirse camino de nuevo el pedacito de tristeza, aunque lo hago con cierto remordimiento pues con toda seguridad le he roto las narices; el recién llegado me mira con injustificable estupefacción.
            Sus labios se mueven de nuevo; trato de hacerme hacia un lado y hacia el otro, pensándome capaz de atajar siquiera dos o tres de sus palabras con mis orejas abiertas de par en par, pero sus palabras llevan demasiada prisa, o llevan el rumbo perdido: en lugar de buscar con su aliento de murciélago mis oídos, adoptan la dirección opuesta y van a archivarse entre los tomos polvorientos y aburridos de la biblioteca. Pobrecillo, el hombre me mira y trata de hacerse entender y yo, un poquito de buen samaritano, lo tomo por el brazo y lo conduzco hasta la sala. Le indico que se siente, pero él ha de haber tomado mi ademán por otra cosa, puesto que se inclina hacia atrás y se coloca en interesantísima posición. Me conmueve el terrible estado en que este hombre existe, me conmueven los baches de su mente enferma; así que chasqueo los dedos de inmediato y se presenta Matilde, la sirvienta; entre ambos lo ayudamos a sentarse en el sofá, y el tipo no se resiste. Más aún, se nos antoja sumamente maniobrable, con el rostro desconcertado. Una vez allí sentado, se rasca la cabellera.
            Le pido a Matilde que nos traiga el vino tinto y dos copas y, en vez de sentarme, me pongo a dar vueltas alrededor suyo. He decidido darle una oportunidad más para que intente comunicarse conmigo, y en efecto lo intenta, y hasta trata de ayudarse con gestos, pero no sabe enfocar su voz y, para colmo de males, los gestos se pierden en la distancia que nos separa, yo no los alcanzo a distinguir porque antes de llegar a mis ojos se contraen de vergüenza y corren a ocultarse bajo la alfombra, o se enredan en los haces de luz de la lámpara encendida. Me da tanta pena, me acurruco en cuclillas frente a él y lo insto a expresarse, tomándole ambas manos para darle ánimos, pero todo esfuerzo resulta inútil.
            Por su parte, Matilde no ha conseguido captarme. En lugar del vino y las copas me ha traído algunas viejas facturas, pero yo sé que ella tiene algunos no muy ligeros problemas de captación; le doy un par de palmaditas en el hombro, le sonrío como para hacerle creer que está buena y que es feliz, y tendré que ir yo por el vino; pero ella parece interpretarlo de modo distinto: asiente con sumisión, y se sienta junto al tipo. ¿Cómo explicarle que no lo haga, que se marche a la cocina, o si lo prefiere, que se conceda una siesta? Le susurro con cortesía en el oído, me mira con unos ojos que quieren esconderse debajo de los párpados abiertos, y no me queda otro remedio que decirle a sangre fría que se vaya, que a partir de ahora prescindo de sus servicios. Pero ella se levanta, asiente de nuevo y se pone a encender el fuego en la chimenea. Yo le explico al visitante que ella está malita de la cabeza, y él se levanta asustado y se sacude el pantalón; pobrecillo, él tampoco está bien del todo, y no consigue captarme.
            Me voy a la cocina: hay que buscar el vino, pero me encuentro con que Matilde lo ha cambiado todo de sitio. Ha vaciado la cocina y la ha poblado con los muebles y decorados de mi dormitorio, incluso ha tenido la paciencia de cambiar el tapiz de la pared, y la muy bobalicona se ha llevado incluso la ventana que pertenecía a la cocina, pequeñita, y en su lugar ha colocado la del dormitorio que es más grande y que tiene un paisaje distinto. Qué lástima que me da esta muchacha, pero de alguna manera habrá que hacerla entender que debe abandonar la casa, pues como sirvienta deja mucho que desear.
Por lo pronto regreso a la sala y le explico al tipo que no tengo vino que ofrecerle, y él se levanta de nuevo y trata de decirme algo, mientras agita las manos y se encoge como quitándose culpas. Yo lo entiendo, es sólo un ligero ataque de paranoia; me acerco a él, me gustaría darle un abrazo para consolarlo, para que sienta que no está solo ni abandonado, pero él palidece y se queda mirándome la mano como quien mira un revólver, y luego huye despavorido de la casa. Se ha dejado en el sofá su maleta de vendedor ambulante, entonces me volteo y le pido a Matilde que lo alcance y se la entregue. Pero ella me ha entendido otra cosa, puesto que se ha echado sobre la alfombra y se ha puesto a retorcerse y a escupir sangre por un orificio que ha improvisado en su estómago. ¡Qué ideas, pobre tonta!
Qué gente tan rara. Algunos no consiguen darse a entender, como aquel, y a otros les pasa lo que a la buena Matilde, tan inocente pero no alcanza a asimilar lo que se le dice. Me da tanta pena pensar en cualquiera de los dos, habría que echarse a llorar como un niño.
Alguien toca de nuevo a la puerta. Tomo la maleta, pues ha de ser el tipo que regresa por ella. Abro. Es él, en efecto, pero viene acompañado por otro buen amigo suyo vestido de uniforme y con gorra y una plaquita en el pecho; este amigo suyo me malinterpreta y me maneja con brusquedad, balbuceando cosas incoherentes. Yo trato de explicarle, pero este individuo me tiende contra el suelo y me aprisiona las manos por detrás, con algo duro y frío.
¡Pobrecillo!, quién sabe por quién me toma.




Cuentos




Ahora que tengo un monasterio (poema)

La primogénita

La torre

La luna errante

La niebla y Agustín

Gajes de la locura

Danza y delirio de las percepciones

Selene

A mi adorada y desconocida señora

Cómo crear un homúnculo según Paracelso

Ahora que tengo un monasterio



Ilustración de Cynthia Caraccioli


Ahora que tengo un monasterio
lleno de luz, espejo de mis sombras
sombras de quince años
sombras de veinte años
sombras que son la envidia del diablo
cuando el diablo se sienta
y las mira
.
las mira, a mis sombras
que a ser miradas se sientan
y se dejan refulgir por el destello opaco,
tierno, perverso
de esos ojos de rojos manantiales
y párpados como tercos nubarrones
miradas que van, y luego vuelven
o tornan sobre sí mismas
también para sentarse
y ser miradas
.
Y el diablo, en su taburete
sonríe por no llorar
luego llora por no gritar
o acaso duerme, por no cantar.
En su taburete se revuelca
y mira hacia otro lado
y se pregunta
el diablo se pregunta
pero sus preguntas se esconden
temen ser respondidas
y las respuestas despiertan
el oído contra la pared
y mueren en el intento
.
El refectorio cierra los ojos
meditabundo
el claustro se deshila
hilo tras hilo
la capilla, las celdas, el huerto
todos se van a la cama
y sólo la biblioteca
caos de mi alma
decide quedarse en vela
ahora que tengo un monasterio
.
No hay diablo que tenga
ni hay infierno que tenga
ni hay sombra que tenga
pezuña suficiente
para soltar las amarras de mi noche
no hay locura que entienda
ni muerte redentora
no hay una llave
tampoco una cadena
no hay herida posible
ahora que tengo un monasterio.




La primogénita



Ilustración de Cynthia Caraccioli 


            Cierta mañana decidimos tener un hijo. Hicimos el amor. A las diez, mi mujer derramó el café sobre su vientre abultado. Invitamos a la partera, que llegó a eso del mediodía. Decidió quedarse de una vez con nosotros. Por la tarde comenzaron los antojos y, hacia las cuatro, las contracciones. A la hora del té nació una chiquilla preciosa, con ojillos azules y deliciosas mejillas. Apenas echó dientes, me arrancó el pulgar de un mordisco. A las seis la enseñamos a leer y a escribir. Siempre fue muy graciosa. Durante la cena, comenzó su adolescencia. Luego se encerró en el cuarto, perdió la virginidad y, a eso de las diez, la encontramos fumando marihuana. ¡Qué lástima! Tan coqueta que era, de recién nacida. Tuvimos dos o tres altercados más. Pasada la medianoche, optó por marcharse de casa. Nos dejó una nota de lo más conmovedora, sobre la almohada. Nunca la volvimos a ver. La extrañamos muchísimo. Alguien nos contó que a las tres de la madrugada se había casado, y a las cuatro y media, el divorcio. Luego supimos, también por boca de otros, que había muerto antes del amanecer. Pobrecilla, pero ya estaba tan vieja.